lunes, abril 17, 2006

La Escogida


Aquí os dejo mi primer relato, ganador del 1er premio AJEM 2004, me animó a escribir el resto.


LA ESCOGIDA

Hace ya dos horas que se fue el guardia de seguridad. Esta noche no le he visto casi porque me han contado que ha estado jugando a las cartas con unos compañeros, el otro día ya lo hizo y lo perdió todo, tuvo que coger prestados unos pantalones de la sección “Caballeros” para llegar a casa. Espero que esta vez le haya ido mejor.
Por mi parte estoy cansadísima, en lugar de descansar he estado eludiendo las ofertas del Cola-cao para echarme un polvo. ¡Pero que pesado puede llegar a ser un bote de 500 gramos! No ha dejado pasar ni un día desde la última vez que lo intentó. Perdón, no me he presentado, soy un tetra-brik de leche pero aquí todos me llaman Pascual, lo cual es indignante, pero qué le vamos a hacer. Vivo en la calle Lácteos número 2, 4ª estantería, por si no entiendes de calles; está cerca de las patatas Matutano. La edad es un dato privado que no te facilitaré, pero para que no me pierdas respeto te diré que soy algo mayor, de lo contrario no estaría de las primeras en este bloque de “malas leches”, como yo las llamo.
La luz se ha hecho hace un rato. Aún me escocían los ojos cuando entró la primera clienta, andaba algo desorientada por la Gran Vía, esa que queda justo en medio de la alta sociedad. Miraba a mis compañeros uno a uno, “esta es nueva”, me dije. Cogió unos Kellogs de chocolate, no pude ver de quien se trataba, desde que la clonación triunfase entre los productos alimenticios tan sólo se nos diferencia por las ofertas, no por nuestro interior. No debería ser así, que una tiene su corazoncito...
Pasó un rato hasta que la marea matutina de personas comenzase a inundar la ciudad, al fin y al cabo la vida aquí es totalmente predecible, a las 10:00 comienza el día y a las 20:00 termina, no hay estaciones y siempre estamos a unos 19 grados, exceptuando claro a los esquimales que están siempre a 4 grados, entre los que se encuentran mis amigos los Danone -conocida peña tunera que toca en grupos de cuatro, y la vaca que ríe, aunque si a mi me llamaran vaca no me reiría tanto.
La voz que todos oímos de vez en cuando por los megáfonos es la máxima autoridad aquí, ella dice quién está nominado y quién no, y si resulta que te votan, te marchas de aquí a una vida mejor donde pasas a formar parte de otro mundo mucho más grande, lo que pasa allí nadie lo sabe... algunos que han vuelto del más allá, se han vuelto locos o ya estaban en mal estado cuando llegaron y acabaron siendo neutralizados por el personal de reposición, todo se divide en eso: o te escogen o te reponen. En fin aquí se nos valora por el numero de piso en el que vivimos, en mi caso es el 0´37 € pero a veces me cambian el número, no veas cómo se pone el cartero cada vez que eso pasa.
Ahora mismo el aburrimiento nada a sus anchas por mi cuerpo de litro y medio. Ya no pasan cosas divertidas como cuando entraron con un coche a robar destrozando toda la puerta en medio de la noche. O cuando al oír la voz del megáfono aquel esquizofrénico se tiró al suelo en posición fetal y entre patadas gritaba “¡NOOO! ¡Otra vez las voces! ¡NOOOOO! Cómo me pude reír aquel día, creo que hasta me salió nata de la risa.
Un momento, parece que esta clienta está interesada en comprar en mi calle, ¡mmm! ¡Es mi oportunidad!
-¡Aquí! ¡Aquí! Cógeme a mí.
Ya viene, se acerca...
-¡EEEOOOOO! ¡Estoy aquiiiiiiiiiií!
¡Bieeen! Me ha cogido, al fin saldré de este campo de concentración; tanto tiempo esperando ha merecido la pena. Ahora sabré lo que se esconde más allá, al fin conoceré el nuevo mundo.
Voy por las calles secundarias, el casco antiguo, me despido de mis compañeros, el Cola-cao entre lágrimas me manda un beso, yo hago como que no me entero y saludo a los vinos, los más sabios de nuestra civilización pues son muy viejos, se dice que no mueren nunca y que cuando envejecen no empeoran, sino que se les ve con mejor cuerpo. Les echaré de menos.
-Adiós a todos.
Al fin llegamos a la Gran pista verde, parece que ya nos vamos. Ya noto cómo me deslizo, creo que me empiezo a marear con tanto trajín. ¡Hey! ¿Qué hacen? Me está mirando la cajera mis partes bajas y las está pasando por una caliente luz roja, pronto suena un bip y aparecen unos dígitos en la pantalla del monitor, a ver que lea... ¡Ah! Mi numero de piso, ahora lo entiendo, debo de llevarlo escrito por debajo.
-Son 0´37€ por favor.
-Espere, no sé si llevaré cambio por aquí...
Vaya que bolso más mono lleva la señora, espero que me lleve ahí y no en esas bolsas tan horribles de debajo del mostrador.


- Un momento señora, esta leche está caducada.
- No me diga, pues espere un momento y me cojo otra.
- De acuerdo.
¡NOOOOO! ¡No puede ser! ¡No me dejeis aquí! ¡Por Favoooor!, ¡no me metas en esa caja! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!



La oscuridad lo envolvió todo.

1 Comments:

At 1:45 p. m., Anonymous Fer said...

Me ha encantado este cuento, de verdad. El final lo que más, y es que las historias con final triste me pierden, no se porqué.
Escribes mu bien Diegales.

 

Publicar un comentario

<< Home